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martes, 14 de septiembre de 2010

TEMA DE ANTOLOGÍA - CUENTOS DE BRASERO

DANIEL CAMPODÓNICO F.

LA ADIVINA


Aquel hombre, que venía caminando junto al cordón, pisando los adoquines de un barrio extraño… reconoció de inmediato a esa casona que se imponía en el medio de la cuadra; quedó petrificado observándola; era la casa abandonada donde jugaba de niño, su viejo barrio, y ni siquiera se había dado cuenta. Allí parado, giró lento trescientos sesenta grados mirando… el progreso había tomado cuenta del lugar, de su infancia ya sólo quedaba allí esa casona, inmortal.
El muro de dos metros y medio de alto, con su portón de doble hoja oxidado y entre abierto, daba paso a un jardín enmarañado y selvático; más atrás, profundo en el terreno se levantaba la construcción, enorme y gris. Tras sus ventanas esmeriladas le sorprendió ver una silueta, una silueta encorvada, una silueta que lo espía, una silueta… y chirria la reja por un gato que pasa corriendo y mueve el portón, salta trepa y queda parado, lamiendo su pata sobre un cartel de madera escrito a mano:
Se adivina la suerte

Sintió el frío del hierro cuando empujó el portón… que abrió fácilmente, el gato lo acompañó por el sendero hasta la casa, peldaños, polvo y telarañas en una puerta que ya estaba abierta… aplaudió:
-¡Buenas…!
El gato entró corriendo, atravesando el gran salón subió unas escaleras de madera apolillada y en el descanso, se quedó parado, mirándolo a los ojos
-Sube… –le dijo una voz firme- …te estaba esperando -y no parecía de anciana.
Su nariz le advierte de un aire húmedo, viejo y encerrado, pero la penumbra se aclara mientras sube por las escaleras. El segundo piso era bien distinto, olía a fragancia fresca, la brisa cálida entraba por un ventanal abierto al completo haciendo flotar las cortinas blancas, ligeras, casi tocando las espaldas de la joven que destacaba sentada tras una mesa caoba, toda labrada, y con  una extraña forma de luna menguante; en su mano izquierda, un mazo de cartas de gran tamaño y con su derecha, una a una las colocaba en procesión sobre la mesa… como si el hombre no estuviera frente a ella. El felino ágil, trepó a la media luna sobre una de sus puntas y esto quebró su trance:
-Tome asiento -le dijo señalando con su mano al frente de la mesa… y no había silla.
El hombre avanzó y quedó parado:
-Estos naipes me han hablado de usted, me han dicho que hoy vendría 
–¿Así…  qué curioso…  y qué más te dijeron?
La sibila dio vuelta seis cartas, acomodándolas sobre la mesa para formar con ellas, dos triángulos:
-Tuviste una buena infancia; puedo ver la casa donde vivías junto a tus padres… y a tu abuelo, y te veo a ti, jugando en el jardín a la pelota con el anciano, fue él quien te enseño el juego; tu padre trabajaba el día entero, pero siempre a su regreso te traía un obsequio: un chocolate… una golosina…, un día trajo consigo una camiseta de tu equipo favorito: ¿recuerdas ese día, recuerdas la camiseta autografiada?
El hombre, algo aturdido por la exactitud de los detalles, intentó responder con normalidad:
-Claro que me acuerdo, si todavía la tengo guardada en un cajón…  -Mintió.
-Sí… has tenido una buena infancia, hasta el final de tu adolescencia, cuando tu madre falleció. Los siguientes años fueron oscuros, la depresión  tomó cuenta de ti haciéndote caer en un espiral descendente… hasta que conoces a Estela, ella te sacó de allí; poco después la habéis desposado, y así nació tu primer hijo, una niña, le has puesto Adela por nombre según la gracia de tu madre, tiempo después, habéis comprado un perro para completar la familia.
El hombre aún de pie, observó con ternura al gato mientras recordaba su vida pasada, y trayendo imágenes que creía olvidadas, lo acarició de la cabeza a la cola, varias veces. El felino comenzó a ronronear.
La cartomántica, dio vuelta una séptima carta y la colocó en medio de los dos triángulos.
-Este naipe, ya no nos habla del pasado, nos ha de contar tu presente
     -Leélo no más, que ya me esta gustando
-Primero tome asiento, ya se lo he pedido antes –Y con su mano extendida señaló nuevamente, el hombre se dio vuelta para ver y casi se cae… tropezando con una silla que tenía a sus espaldas pegada a las pantorrillas. Luego de tomar asiento la adivina continuó:
-Tu hija y tu perro han crecido, tu relación con ellos ha cambiado, ya no los tratas igual, tampoco a tu mujer pero la peor parte, se la está llevando el perro
     -Que interesante che, ¿y podes contarme del futuro?   
     -El futuro no es de gracia, has de pagar por el
-Tomá doscientos pesos –y los dejó sobre la mesa junto al gato- pero contame algo bueno he
-Siete naipes para el pasado, siete naipes para el futuro; es todo lo que puedo hacer por ti
La sibila recogió las cartas de la mesa, barajo, y dispuso nuevamente seis de ellas, pero esta vez, cerrando un circulo preciso.
-Veo disputas, discusión y malos tratos. Tu mujer se apartará de ti, y se habrá de llevar a la niña con ella, pero no al perro. Desahuciado y enfurecido, te desquitarás del animal, finalmente, lo dejarás abandonado a su suerte, habrás de caer así en una depresión muy grande, similar a la de tu adolescencia, pero esta vez, habrás de enfermar gravemente… y morirás
     -¿Cómo que me voy a morir, cuando será eso?
     -Pronto… muy pronto
     -Me estas mintiendo, eso no puede ser verdad
-Tranquilo, no corráis prisa, aún queda la séptima, y última carta por tirar…
Así la joven dio vuelta la séptima carta, colocándola en el centro del círculo y aclaró:
-Es este el naipe de los cambios espirituales, las grandes transformaciones
-¿Entonces no moriré?
-Sí morirás, las cartas no se equivocan y tu muerte, ya ha sido echada, pero luego todo cambiará para ti
-Me iré al cielo… seguro
-No, eso no sería un cambio… sería el camino habitual, tú sufrirás una gran transformación
-¿transformación… cuál transformación?
-No quedan ya más naipes por tirar… pero tengo algo aquí, en este cajón, que nos lo puede decir… pero claro, todo tiene su precio -Dice la brujita mostrándole la palma de su mano extendida.
El hombre rasco sus bolsillos y le dio todo lo que tenía, hasta el reloj. En la mesa de luna, chirrió el cajón al ser abierto y surgieron de allí, una serie de pequeños pergaminos o más bien: trozos de pergaminos, con sus bordes desparejos, algo deshilachados y llenos de jeroglíficos incomprensibles; la pitonisa los colocó uno a uno en forma de abanico abierto sobre la mesa, y explicó:
-Estos papiros fueron hallados junto al Libro de los Muertos; tú escoge uno y sólo uno, pero escoge bien, porque las posibilidades son muchas… pero la transformación: es una sola
El hombre dudó pasando su mano sobre los papiros, para él todos iguales… y finalmente escogió. Lo tocó con su índice primero y esto hizo erizar al gato, que encorvó su lomo mostrando los dientes y lanzando zarpazos al aire; saltó de la mesa y huyó; el tipo lentamente le dio la vuelta, y se mostró la figura inconfundible, de un hombre con cabeza de perro.

                                                        DCF

domingo, 11 de julio de 2010

TEMA DE ANTOLOGÍA - RELATOS ERÓTICOS

GABRIELA ARAGÓN

DESAYUNO


EL móvil de palitos asiáticos se agitó cuando entró empujando la puerta con la espalda. Era como dar aviso a todos los que estábamos adentro: yo, leyendo notas aburridas sobre las elecciones municipales; la mujer del rímel corrido que pedía la tercera o cuarta taza de café encendiendo con dificultad su cigarrillo y la mesera con un gesto de carga laboral que levantaba la ceja al verlos entrar.

Venían atados de sus meñiques, un poco menos que con la mirada. EL espacio se llenó de sus risas y murmullos al oído que èl le propiciaba mientras le jugueteaba el cuello.

Con las palmas de ella y caminando para atrás detectó el asiento. Sin importar la distancia dejó caer el peso para acomodarse y se asió del cinturón de él , con un tirón lo obligó a sentarse junto a ella.

Tuve que bajar la mirada abruptamente y colocar mis ojos en cualquier línea del periódico cuando él se dio cuenta de mi indiscreta atención que les ponía.

Pedí otro jugo con hielos.

El ventilador corría lento, alguien había bajado su velocidad.

La mujer de los ojos manchados perdía su mirada en el ventanal, ni siquiera sudaba y el delicado suéter que la cubría parecía ser poco para su frío.

Con la libretita en la mano, la mesera apuntaba los detalles del pedido, pero en realidad ellos ni siquiera habían leído el menú de la carta, estaban tan entusiasmados con sus bromas tontas que ni cuenta se dieron cuando los platillos estaban listos en la mesa.

Las noticias parecen ser siempre las mismas.

Un cortado para él, un plato de hot cakes para compartir, la botella de miel de maple y un té helado para ella.

Mi vaso se había vaciado de nuevo y la sed iba aumentando. “Un vaso de agua por favor señorita… sí, con hielos , gracias”

EL maple comenzó a deslizarse en el aire para adornar los panecillos mientras la mantequilla danzaba deshaciéndose entre los dedos de ella que la esparcían. Nadie perdía detalle, estaban tan pendientes como yo de la agitación de sus respiraciones.

De pronto el maple dejó de llegar al hot cake para enredarse entre sus dedos. Era un fluido viscoso estirándose y encogiéndose, abriendo y cerrándose.

Yo comencé a perder la discreción cuando el limpiaba con su lengua las manos embadurnadas de su compañera. Parecía que a propósito colocaba gotas de maple en su cara. Manchas de dulce brillo por el cuerpo de ella, pensé.

Sin darme cuenta, yo jugueteaba con el hielo en la boca, mientras doblaba el periódico que me ensuciaba las manos de un gris molesto y lo abandonaba en la mesa.

EL café cortado saltó de la boca de él en medio de un beso atornillado que inundó la boca de ella. Su lengua le penetraba los labios con embestidas rítmicas mientras me daba cuenta de que las manos traviesas de ella sujetaban con fuerza las costuras del pantalón por debajo de la mesa.

Tenía que controlar de alguna forma este calor, mi nuca se empapaba y el ventilador estaba a punto de detenerse, cosa que me enfurecía.

Me levanté al lavabo y me pareció ver la mano de él rozando un endurecido pezón mientras lo disimulaba con un abrazo.
Me miré al espejo con la cara mojada, mi aliento empañaba el reflejo. Ojalá hubiera podido calmar mi calor, si tuviera un poco de valentía sería capaz de desnudarme y enfriaría mi piel, pero esas “ son locuras” pensé. Me tuve que conformar con enfriar solamente las sienes por breves segundos.

Regresé a mi mesa. La mesera retiraba las servilletas sucias de mi lugar. Tomé asiento para acomodar las notas de mi agenda y pedí la cuenta.

Los busqué de nuevo.

No estaban. En su mesa, el plato abandonado con gotas de miel regadas, pocas señales de breves mordidas, el cortado se había enfriado y el té helado sudaba aislado en un rincón con un charco que mojaba la mesa.

Pagué la cuenta y un raro sentimiento frustrado por no haber continuado la escena de un desayuno acalorado de esos “locos atrevidos y poco hambrientos”. Pensaba en la carencia de valentía y el exceso de formalidad que me cargo. A veces comer deseo deja más satisfecho que una buena lata de atún.

Tomé mis cosas, dejé una propina que robó una tiesa sonrisa en la mesera y al acomodarme para dar los primeros pasos, la sed me inundó de nuevo, mi garganta se secó y el silencio volvió a llenarse de las risillas que ya conocía.

EL salía del lavabo de mujeres acomodándose el pantalón mientras ella cerraba la puerta con gesto de una naturaleza impresionante. El cabello mojado de ella no otorgaba calma a las ideas que me vinieron sobre lo que pudieron vivir ahí adentro.
La mujer de los cinco o seis cafés frota sus manos buscando calidez en los alientos de tabaco. Una lágrima gotea salando su bebida.

EL ventilador ha vuelto a tomar ritmo.

Ella anuncia su despedida jalando la puerta. EL móvil de palitos asiáticos se ha agitado de nuevo. Se van enganchados de los meñiques. EL camina atado a sus labios.

Yo, solo quisiera ser un poco valiente para dejar de sentir esta sed.


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lunes, 5 de julio de 2010

TEMA DE ANTOLOGÍA - RELATOS ERÓTICOS

JUSTO EN EL MEJOR MOMENTO

JUAN FRAN NÚÑEZ PARREÑO

Lo habían estado planeando durante los últimos días, y hoy, esta noche, noche vieja, era el momento ideal. ¿Qué mejor manera de celebrar la despedida del año que acaba y la entrada del nuevo año que regalándose, en estas fechas tan señaladas, su primer encuentro, un encuentro especial, amoroso y pasional?

Raquel, reservada divorciada cincuentona sin hijos, flamante vencedora de la guerra contra la menopausia, de pelo corto castaño de bote, que nada ayuda a su poco agraciada cara, con peligrosas, generosas y pesadas curvas acordes a su edad ―se podría decir que es más fácil saltarla que darle la vuelta―se entregará y refugiará, como habitualmente hace hasta bien entrada la noche, en su solitario trabajo de restauradora de cuadros en el Museo del Prado; aunque la verdad es que lleva todo el día pensando en la cita que tendrá, en unas horas, con su recién conocido amiguito, regordete, calvo, y lo que más le gusta de él y más morbo le da es que será ella quien lo va estrenar. Después de más diez años de no haberse acostado con ningún hombre, ni tan siquiera de haberse consolado a sí misma en esos naturales momentos de necesidad y excitación humanas, cosa que nunca en su vida se ha atrevido a hacer por el miedo que les metieron a ella y a sus compañeras en el colegio de monjas en el que estudió durante su niñez y adolescencia, y que aún lleva metido en el cuerpo; pero esta noche va a dejar a un lado todo ese rollo religioso de los pecados de la carne y sólo se va a dedicar, en cuerpo y alma terrenales, a disfrutar del placer carnal, incluso está dispuesta a hacer cosas que jamás ha hecho, como una felación o un coito anal; está tan deseosa que de sólo pensar en eso se le endurecen sus grandes pezones, acordes con sus enormes pechos, y se le moja y estremece su hambriento, desaprovechado y carnoso sexo.

José, tímido soltero cuarentón, feo, calvo, miope, de sobrado peso y escasa estatura, estrenará para la ocasión unos calzoncillos rojos comprados ayer por la tarde, dicen que da buena suerte llevar algo de ese color, aunque no cree mucho en esas supersticiones se los pondrá a ver si continúa, durante mucho tiempo, este golpe de fortuna que ha cambiado recientemente su monótona y solitaria existencia, y además ya necesitaba renovar su escasa ropa interior, así que mata dos pájaros de un tiro. Cuando llega a casa después del trabajo ―hoy es treinta y uno de diciembre, y no obstante le ha tocado trabajar hasta las tres de la tarde en su puesto de catalogador en el archivo de la Biblioteca Nacional―se pone a recoger como mejor puede la desordenada casa, poniendo más empeño en su desastrosa habitación, el lugar donde disfrutará locamente por primera vez con su nueva pareja, y con la que está decidido a perder de una vez ya su virginidad; pase lo que pase, esta noche sí la meterá. Sí, por fin después de tantos años puede decir que tiene una pareja, una compañera que le será fiel, diferente a las caras y descaradas bailarinas, preferiblemente gorditas, a las que veía los fines de semana en los privados de algunos clubes de Madrid, que le cobraban por adelantado y a las que nunca tocaba ni llegaba a nada, porque lo único que buscaba en ellas es ver sus bailes eróticos mientras las contemplaba, a pesar de que en el momento en que se desnudaban, él siempre acababa eyaculando sin remedio sin poder quitarse ni si quiera los pantalones ni sacársela para masturbarse, como hacía a diario en su casa viendo videos porno bajados de internet, y así al menos poder derramar su semen fuera, y no ser, como siempre es, el motivo de las risas y del cachondeo de chicas y clientes de los locales a los que va; visitas y hábitos solitarios con los que decidió terminar definitivamente cuando la conoció a ella.

Después de una estupenda cena, al fin el momento tan esperado y deseado ha llegado. Raquel, a la luz tenue de las numerosas velas aromáticas que ha distribuido por el cuarto, empieza a bailar delante del gran espejo del armario, con su virginal amante esperándola sobre la cama vestida con sábanas de seda, le encanta mirarse y mirarlo a él mientras se mueve; lentamente, se aproxima al lecho dejando caer su vestido de noche color rojo, quedándose totalmente desnuda ya que no lleva nada debajo, ofreciéndole sus abundantes encantos, y mostrando el corazoncito de vello púbico que para la ocasión se ha dejado pensando en él cuando se depiló su sexo. Ya sobre la cama, se tumba boca arriba abriendo todo lo que puede sus piernas para recibirlo. José, que entró en la habitación ya desnudo para no perder tiempo, se estremece al ver a su chica, de pelo corto y de proporciones perfectas para su gusto, cosas que hicieron que se enamorara a primera vista de ella, esperando a ser tomada por él, y esta vez, por primera vez, no había eyaculado antes de tiempo, y por primera vez iba a penetrar con su pene un sexo femenino. Raquel separa con los dedos de su mano izquierda los labios externos de su jugoso y decorado sexo, para así favorecer la inmersión en sus cálidas aguas de ese magnífico miembro erecto de veinte centímetros, duro como una piedra y suave y delicado como el terciopelo, que toma con la mano derecha y lo introduce dentro de su vagina empapada y a la vez sedienta de él. El coito es frenético y salvaje, los movimientos de ese magnífico miembro entrando y saliendo de ese orificio de infinito placer son veloces e imparables. El gozo es extremo para Raquel que después de tanto tiempo, desde la separación de su marido dejando atrás los continuos maltratos, y en el que ya había olvidado lo que era hacer el amor, se siente llena y colmada por esa maravilla que encaja a la perfección en su interior. Para José, la sensación de sentirse por primera vez dentro de un cuerpo de mujer, haciéndolo suyo, agarrando con sus manos esos fascinantes pechos, y chupando esos dulces y duros pezones, es más delicioso de lo que jamás había imaginado. Las campanadas de media noche empiezan a sonar, y con ellas se acompasan los fuertes empujones que da él y las acogidas que recibe ella, y justo en el instante en que va a llegar el último golpe de campana, justo en el segundo en el que un año muere y otro nace, justo en ese momento en el que ambos están a punto de morir de placer para nacer de nuevo de gusto en un inmenso orgasmo, justo en ese momento va y se para el vibrador, con forma de pene, que Raquel tiene dentro de su vagina al agotarse las pilas que lo acompañaban cuando lo compró y que había puesto a la máxima potencia para este encuentro amoroso; y sincronizado como por un maldito cronómetro del destino, en ese mismo instante, la muñeca hinchable sobre la que José desata su locura pasional va y se desinfla al romper con la uña de su dedo meñique, que siempre lleva más larga, el pecho derecho, al agarrarlo y apretarlo desaforadamente con ímpetu y ardor. Justo en el mejor momento, los dos amantes artificiales estrenados esta noche, quedan muertos e inservibles.
―Feliz Año Nuevo amor mío, en cuanto abran las tiendas te compraré unas pilas nuevas alcalinas ―dice Raquel mirando con cariño a su vibrador.
―No te preocupes vida mía, mañana te pondré uno de los parches para pinchazos que tengo de mi bicicleta y quedarás como nueva ―dice José a la muñeca hinchable de la que se ha enamorado.



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miércoles, 23 de junio de 2010

TEMA DE ANTOLOGÍA - RELATOS ERÓTICOS

NASTIA T. 02/06/2010 a las 15:36

LA LLAMADA

—¿Aló?
—Sssandraaa
— ¿Sí? ¿Quién es?
—Saandraa, no sabess quien soyy.
—¿Podría hablar más claro? No entiendo lo que dice.
—Ssandraa, te veo pasar todoss los díass.
—¿Es una broma?
—Eress como el rocío para míii. Tu cabello brilla bajo el sool como el trigo frescoo. —¿Gonzalo, eres tú?
— Noo... quisiera poderr acariciar el botón de rossa que tieness entre las piernass.
Sandra tiró el auricular.
—¡Majadero!

Esa fue la primera llamada, luego vendrían otras cada vez más osadas, más irritantes.

El teléfono sonaba puntualmente después del baño vespertino, en vista de lo cual se convirtió en nocturno a pesar de cuánto le gustaba una ducha tibia al regresar del trabajo. El telefonista se adecuó al nuevo horario.

Sandra cerró furiosa todas las cortinas de su apartamento y se juró que no descansaría hasta dar con el ocioso degenerado que se empecinaba en torturarla.

Primero creyó que era uno de sus tantos galanes extranjeros quien la llamaba y se arrepintió de haber sido tan amistosa con cuanto turista alto, rubio y de ojos azules (aunque no necesariamente con cara de príncipe azul) encontraba en los cafés de moda. Esta idea fue rápidamente descartada. Sandra sabía muy bien que ellos sólo buscaban diversión autóctona, aunque, en el fondo, ella guardara la loca esperanza de que uno cayese definitivamente. ¿Para qué la iban a importunar con llamadas obscenas si ni siquiera se tomaban la molestia de escribirle una postal con saludos trillados?.

Enseguida pisó tierra y pensó que quizá era algún despechado admirador nacional quien le estaba jugando esa poco elegante broma. Sabía que a muchos su jueguito de coquetear para luego hacerse la inocente desentendida, les había dejado un amargo sabor a derrota en la memoria. Luego centró su búsqueda en algún vecino libidinoso. Pasó largas noches de vigilia frente a cada una de las ventanas, mirando con un larga vista por un pequeño hueco hecho en las cortinas; sólo consiguió un fuerte tortícolis, además de tener que comprar nuevas cortinas. Su apartamento quedaba en el quinto piso y todo lo que había alrededor del edificio eran elegantes casas de dos plantas habitadas por apacibles parejas de jubilados.

Después se dijo que quizá cometía un error al suponer que las llamadas las hacía un hombre. La persona apenas si susurraba al teléfono y su extraña manera de pronunciar parecía fingida, bien podía ser alguna vengativa rival y pensó que quizá debió haber tenido algo de escrúpulos, por lo menos con los novios de sus primas.

Ningún sospechoso fue hallado culpable; su búsqueda sólo dio como resultado ser catalogada como una “antipática neurótica con delirios de persecución” por sus conocidos.

La furia inicial dio paso a una ligera sensación de angustia que pronto se convertiría en terror. Sandra empezó a sobresaltarse cada vez que escuchaba el timbre de un teléfono, cosa gravísima para una arribista secretaria de dirección que en realidad ni siquiera sabía mecanografiar.

Un buen día, casi sin darse cuenta comenzó a grabar las llamadas.

—¿Aló?
—Sssaandraa.
—¿No vas a dejarme en paz?
—Cómo evitar sentirme atraído por tu piel suave como las orquídeas, por tus ojos dulces como las almendras, por ese musgo fresco, negro y oloroso, por esas pequeñas fresas maduras que quisiera...
Clic.
..................
—¿Aló?
—Ssssandraaa
—¡Basta ya!
—Sueño con recorrer tu selva y abrirme paso entre tus pétalos para poder beber tu néctar y penetrar profundamente en tu cáliz húmedo y tibio.
Clic.
................
—¿ Aló?
—Sssandraaa
Clic
—¡ Aló !
—Nno me cuelguess. Sólo quiero decirrrte lo mucho que me gusstan tus labioss rojoss como una amapola. Esoss labios que esconden tu pequeño pistilo grueso y salado que algún día podré acariciarr y así hacerrte gemirr como el viento entre lass hojass de los árboless.
Clic.

—¿Qué piensas?
Marita miró fijamente la grabadora con el ceño fruncido, su mano derecha tapaba su boca, parecía seriamente preocupada.
—No se puede negar que tiene un vocabulario muy florido.—Dijo y estalló en carcajadas.
—...
—(Perdón) —Sin mirar a Sandra y limpiándose un inexistente polvillo de la solapa agregó:— ¿Qué piensas hacer?
—¡No lo sé! ¡Hace ya dos meses que esto se repite todas las noches, estoy harta!
—No contestes.
—¡Si no contesto el teléfono no para de sonar! ¡Hasta lo he descolgado dos noches seguidas! Pero cuando lo colgué volvió a llamar ¡Y se puso a llorar! ¡Me voy a volver loca!
Sandra se dejó caer boca abajo sobre el gran sofá, con la cara entre los almohadones rompió en llanto.
Marita se arrodilló y empezó a acariciar el cabello de su amiga. Se sentía culpable por encontrar el asunto más cómico que trágico y al no poder evitar decirse que Sandra se lo merecía por descocada.
—No te pongas así cholita. Sé que es muy fácil decir eso cuando a uno no le suceden las cosas, pero no vas a resolver nada llorando.
Sandra levantó la cabeza, dos manchas negras se veían debajo de sus ojos a causa del rímel corrido. Marita tosió para disimular la risa.
—Por lo menos cuando le cuelgo después de escucharlo, ya no vuelve a llamar hasta el día siguiente.
—¿Has pensado en ir a la policía?
Una luz brilló en los ojos de Sandra
—No
—¡Hazlo! Algo tienen que hacer ¿No? ¿No has visto las películas?
Tienes razón.—Se sentó. —Para eso están ¿No?
Marita volvió a fruncir el ceño
—Dime cholita, hay algo que me da vueltas en la cabeza ,—y agregó mirándole fijamente a los ojos,—¿Cómo es que tienes el vello púbico negro si tu cabello es castaño claro?
Sandra volvió a romper en llanto.

El policía no levantó la mirada del crucigrama.
—Siseñoritaenquélepuedoservir.
—Vengo a denunciar unas llamadas obscenas.
El policía seguía escribiendo.
—...Qui... siera saber si pueden intervenir mi teléfono y..
— No contamos con el equipo adecuado.—Contestó sin mirarla.
—¡ Pues no sé qué pueden hacer, pero algo harán! ¿No?.
—¿No conoce a la persona que la llama?
—No, no sé quién es. Es más por la voz no se puede saber si es hombre o mujer.
—¿Ha hecho algo más que llamarla por teléfono? Golpearla, perseguirla.
Sandra lo miró boquiabierta. Pasaron unos segundos para que reaccionara.
—¿¡Pero no escuchó que no sé quién es!? ¡ O sea, que debo esperar a que me maten para que la policía haga algo!
El policía la miró por primera vez.
—Mire, señorita ¿dónde cree que está? ¿En Nueva Llor? No podemos ocupar personal para su protección sólo porque le dicen cochinadas por teléfono. Si por lo menos la golpearan, ya es otra cosa, pero por unas llamaditas... Estamos en el Perú, todos hacen lo que les da la gana. Si tanto le molesta ¿por qué no cambia de número?
Y eso fue lo que hizo, no sin antes maldecir a la Policía Nacional.

—¿Aló?
—Sssandraa
Sandra empezó a temblar ligeramente.
—Porrqué quieres huir de míi, yo no quiero hacerte dañoo.
El temblor se hizo más fuerte.
—Solo quiero oler el perfume de tu piell, lamer tu estambre ssuave y cálido, beber tu savia, recorrer lo más profundo de tu ser hasta que gritesss de palcerr.
—Basta ya... ¡Basta ya! ¡BASTA YA!
¡Clic!

Pasaron seis meses desde la primera llamada, Sandra había adelgazado cinco quilos y olía a rancio pues en su apartamento nadie podía abrir las cortinas sin que ella empezara a gimotear. Sus uñas lucían mordisqueadas, no se maquillaba, el único color en su rostro eran unas feas manchas azules debajo de los ojos a causa del insomnio y la raíz de su cabello se veía más oscura. Sus pocas amigas simulaban no conocerla, eso no le importaba pues pasaba frente a ellas sin verlas; sólo Marita seguía fiel, quizá porque la conocía desde el colegio.

Al parecer fue ella quien le sugirió que tal vez lo mejor era dialogar con su torturador, lo cierto es que sin saber muy bien cómo, la idea germinó en su cerebro. Y así un buen día después de su ducha, esperó la llamada.

—¿Aló?—contestó serena.
—Sssandraa.
—Si, ¿Qué quieres?
—Quiero penetrar en tu cálizz y bañarme en tu savia para calmar mi seed.
—Creo que eso ya me lo has dicho antes. ¿Se te están acabando las ideas?
—Sssandraa, estás hablandoo conmigoo.
—Si, quiero llegar a un acuerdo, quiero que dejes de molestarme.
—No ess mi intención molestarteee.
—Pero lo haces, me estas volviendo loca,—gimió— ¿qué es lo que quieres? ¿Quién eres?
—Me vess todos los díass y no sabes quién soyy. Pasas a mi ladoo indiferentee y, sin embargo, una vez me defendistee.

Un vago recuerdo revoloteaba insistente dentro de la cabeza de Sandra. Escuchó un pequeño ruido, la ventana de su cuarto se abrió ligeramente.
—Impedisste mi muerte, desde ese día te amoo.
Sandra avanzó sin hacer ruido y con el teléfono pegado a la oreja, hacia su cuarto. Desde la puerta y con la luz apagada, se esforzó por distinguir una silueta detrás de la ventana, no parecía haber nadie. “Qué tonta, sólo el hombre araña podría estar a esta altura”, pensó.
—Nooo dejo de pensar en tii. —La ventana se abrió un poco más, una tímida sombra verde se asomaba.—Quissiera demostrarte todo mi afectoo.La revoloteante idea tomó una forma definida y la angustia ante lo imposible se apoderó de Sandra.—Quisiera ser la hiedra que se trepa en tus columnas y se une a tii para siempre.
De pronto se percató de que la voz ya no venía del teléfono, estaba allí, en su cuarto con ella, mientras la enredadera que cubría la parte frontal del edificio entraba poco a poco por la ventana. Sintió nauseas, abrió la boca como para pegar un fuerte grito, sólo un extraño y débil graznido salió de su garganta.
—Sssandra. Yo nunca te haría daño. Tú me salvastee.

A Sandra le intrigó ver tanta cantidad de hombres vestidos con overoles grises ante la puerta principal del edificio.
—¿Qué pasa?—Preguntó al portero, quien estaba junto con los hombres de gris.
—Nada señorita, vamos a tumbar la enredadera.
—¡Ay! ¿Por qué?—Dijo haciendo una mueca de disgusto.
—Porque está cubriendo las ventanas. Los inquilinos dicen “de que” les quita la luz y” de que” entran animales al apartamento. Hay arañas bien feas, pican duro.
— Pero no es necesario cortar la planta, basta con cortar las ramas que cubren las ventanas. Da más trabajo, pero se conserva la enredadera que se ve bonita así sobre el muro ¿Quién decidió que la cortaran?
—Algunos vecinos firmaron una carta.
—¿Así? ¿Sin pedir la opinión de todos? ¡Qué tal raza! No la corten, déjeme una semana y le consigo más firmas pidiendo que la planta se quede donde está.
Y lo logró, una semana después presentaba una carta con tres veces más de firmas. Se sintió muy orgullosa de lo que ella llamaba su gran conciencia “ecologista”. No se ofendía cuando los vecinos contrarios a sus ideales la llamaban “la hierbera”, mas bien los miraba con lástima y desprecio como a individuos inferiores. Nunca se enteró que el mote se convirtió en boca de los más jóvenes en “la pajera”, tampoco se fijo en que una rama de la enredadera, sólo una, crecía poco a poco en dirección de la ventana de su cuarto.

—Sssandraa, te amooo.
La enredadera avanzaba lentamente, susurrando. Sandra dejó caer el auricular. La planta llegó a sus pies y empezó a envolverla sin apretarla, subió hasta su rostro.
—Estass flores son solo para tii.

Sandra vio cómo unos pequeños botones rojos se abrieron dejando ver unos gruesos estambres amarillos que como minúsculas lenguas, comenzaron a lamer su cuerpo. Los estambres eran esponjosos y tibios. Dos de ellos se apoderaron como pequeñas pinzas de sus pezones, tirando suave y rítmicamente de las puntas, causándole un pequeño y agradable dolor. Dos hojas separaron sus labios rojos como las amapolas y una de las flores se pegó a su clítoris, el estambre lo succionó violentamente.

De pronto el frío que en un principio recorría su espina dorsal dio paso a un delicioso calorcillo. Sus músculos se relajaron, su sexo se humedeció. Otra de las flores pugnaba por entrar en su boca, la pequeña lengua se hizo más larga y gruesa, le separó los labios. A Sandra le pareció que nunca había saboreado un líquido más delicioso que el destilado por esa flor...

De entre una tupida mata de hojas vio avanzar hacia ella un tallo liso, grueso como un puño. Unas perladas gotas de savia manaban suavemente de la punta redondeada. La flor dejó su clítoris y el tallo se abrió lentamente paso entre sus piernas. Sandra tuvo por unos segundos miedo, pero al sentir en su vagina ese tallo que sorpresivamente era suave y cálido, dejó de temer...

Una semana después Marita citó a Sandra en la terraza de un concurrido café.
—¿Y, amiga? ¿Qué me cuentas? Hace una semana que ni me llamas.
Sandra lucía relajada, casi ausente. Con una extraña sonrisita en los labios contemplaba los árboles del parque.
—¿Sandra?...
—¿Sí? —Volteó hacia su amiga.
—¿Te sientes bien? ¿Te siguen molestando las llamadas?
—Las... ¡Ah, sí!— Dijo volviendo a mirar los árboles.—No, ya no, eso está bien.
—¿Segura? —Marita empezó a inquietarse.—Te ves un poco rara.
Sandra la miró fijamente a los ojos. Marita notó un ligero brillo verde en ellos. Le pareció extraño que después de tantos años de conocerla, nunca antes se había dado cuenta de que su amiga tenía los ojos de ese color.
—Todo está bien, no te preocupes, todo está muy bien, no podría estar mejor.



MONSIEUR JAMES, 10/06/2010 a las 14:17

NO PUDE EVITARLO

Me senté frente a mi teclado queriendo digitalizar algún deslavado poema o simplemente dejar que mis yemas se pusieran a la caza de letras y de esa manera llegar a conformar un texto que, al mismo tiempo que ameno, contuviera un sujeto interesante. Mi naturaleza, y todos mis “mi” taras que arrastro , imagino hasta la eternidad, había conceptuado otra historia de lujurias y placeres desmedidos.

Desde el punto final del primer párrafo se sucedieron algunas horas. Me distrajo el ruido de la lavadora, el teléfono, y la vecina con sus inalterables historias acerca de su pareja. Confieso que entre el ruido de la lavadora y la implacable vecina, prefería el primero, pero “mi” atávica educación me llevó de plano a desconectar la lavadora y embobarme en las confidencias, inalterables, de mi vecina.

Entre embobado y distraído estaba, cuando las confidencias de mi vecina se hacían cada vez más próximas a la intimidad…

*****

—Disculpe vecino, la verdad es que parece que le distraigo innecesariamente con mis cuitas, dijo;

En ese mismo momento, me dije para si, cálmese vecino, al tiempo que advertía que, a diferencia de días anteriores, ella lucía una falda, que aunque no era mini, dejaban perfectamente al descubierto un par de bellísimas piernas…

—¡no, no vecinita! Me apresuré a replicar, no es eso, no me mal interprete por favor, muy por el contrario su confidencia incita mi dedos a la digitalización;
—¡vecino! Agregó alzando la voz con un tono de enorme coquetería y un tanto ruborizada.
—vecinita, por favor (mis ojos demoraron en despegarse de sus rodillas, antes de mirarla fijamente) no, me diga que entendió “excita”, en lugar de “incita”— le pregunté con toda picardía.

El rubor y la turbación, hizo que de pronto se levantara de su asiento y se dispusiera a partir. Usando de toda mi “gansteril y lujuriosa diplomacia” (la tomé por los hombros, piel que al rozarla empeorara mi promiscua situación, ya que mi ardiente imaginación me llevaba una delantera de locos) me prometí calmarla.

—vecina, no es exactamente lo mismo, incitar que excitar, al menos en el contexto en que fue menester usara, le dije con toda propiedad.
—bueno vecino, es que usted habla tan re-bonito, que de pronto una mujer como yo fácilmente se enreda, ¿no?— agregó con la voz entrecortada.
—ese si es piropo— me apresuré a responderle, al tiempo que la invitaba a retomar su lugar en la silla.

Así lo hizo, con elegancia y con ademán a bajarse un poco la falda, persuadida ya que la tersura de sus piernas no me eran para nada indiferente.

—de veras— dijo, esta vez con la voz más clara, añadiendo con peculiar malicia —no debí ponerme esta falda tan extravagante, dejando entrever una hermosa y casi tímida sonrisa.
—¿extravagante?— le pregunté con teatral asombro y fijándole nuevamente la vista.
—un poco— no cree, susurro.
—no, no vecina, le susurré, osando acercar mis yemas hasta sus inquietas rodillas…

*****
Levanté las yemas de mi teclado y de pronto, volvió el ruido de la lavadora, el teléfono y mi vecina que, de pantalones y de pie, terminaba su inalterable y menos ameno monólogo.

—Disculpe vecino, no pude evitar no leer por encima de su hombro— dijo un tanto ruborizada…